Capitulo 1: El Río que Nunca Llegó al Mar
En el año era 2002, y el sol de Arizona quemaba con una intensidad que parecía derretir el asfalto. En el Hospital Comunitario de Mesa, un lugar modesto pero funcional, una joven de 19 años yacía en una cama de hospital, sosteniendo a un recién nacido en sus brazos. Alex Carter había llegado al mundo, pero no con fanfarria ni alegría. Su madre, Sarah Carter, lo miraba con una mezcla de cansancio y resignación. A su lado, Tom Carter, el padre de Alex, de 20 años, se apoyaba contra la pared, con los brazos cruzados y una expresión de fastidio en su rostro.
—No sé cómo vamos a hacer esto —murmuró Sarah, mirando a Tom con ojos cansados—. No tenemos dinero, no tenemos casa... ¿Cómo vamos a cuidar de un bebé?
Tom se encogió de hombros, evitando su mirada. —No sé, Sarah. Yo no pedí esto. Deberías haber sido más cuidadosa.
Sarah cerró los ojos, sintiendo el peso de la responsabilidad y la desesperación. Sabía que Tom no estaba listo para ser padre. Él había dejado la universidad después de un semestre, diciendo que estudiar no era para él, y ahora trabajaba repartiendo pizzas para ganarse la vida. Pero esto... esto era demasiado.
El doctor entró en la habitación, con una expresión seria. —Señores Carter, tenemos que hablar sobre su hijo —dijo, sosteniendo una carpeta—. Alex nació con una estenosis aórtica congénita, una condición cardíaca que requerirá cirugía y tratamientos costosos en el futuro. Necesitarán hacerle exámenes regulares y estar preparados para lo que venga.
Sarah y Tom se miraron, y en ese momento, ambos supieron que no podrían hacerlo. No juntos. No así.
Dos semanas después,
Sarah salió del hospital con Alex en brazos, pero no se dirigió a casa. Caminó hasta la casa de su madre, Margaret Wilson, una mujer de 65 años que vivía sola en una pequeña casa en las afueras de Mesa. Con lágrimas en los ojos, Sarah dejó a Alex en la puerta, junto con una nota escrita apresuradamente:
"Mamá, lo siento mucho. No puedo cuidar de él. Tom me dejó, y no tengo dinero ni manera de darle la vida que merece. Por favor, cuida de mi hijo. Prometo que volveré por él cuando esté en una mejor situación. Te quiero, Sarah."
Margaret encontró a Alex en la mañana siguiente, envuelto en una manta y llorando suavemente. Leyó la nota y, con el corazón roto pero lleno de determinación, tomó al bebé en sus brazos. —No te preocupes, pequeño —susurró—. Tu abuela te cuidará.
27 años después,
Alex Carter había crecido bajo el cuidado amoroso de su abuela. Aunque su infancia estuvo marcada por visitas al hospital y tratamientos costosos, Margaret nunca dejó que faltara nada. Vendía artesanías en la calle y hacía trabajos ocasionales para pagar las facturas médicas de Alex, a pesar de que él insistía en que ya no necesitaba más tratamientos.
—Abuela, ya estoy bien —decía Alex, con una sonrisa tímida—. No necesitas matarte trabajando por mí.
Margaret siempre le respondía con una sonrisa y un abrazo. —Tú eres mi razón de vivir, Alex. No te preocupes por mí.
Pero todo cambió cuando Margaret sufrió un paro cardíaco una semana antes. Alex la encontró en el suelo de la cocina, inconsciente. A pesar de sus esfuerzos por salvarla, ella murió en sus brazos, dejándolo completamente solo en el mundo.
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Alex estaba perdido en sus pensamientos, caminando sin rumbo por las calles de Mesa. La muerte de su abuela lo había dejado en un estado de profunda tristeza. Lo único que lo mantenía a flote era Emily, su novia. Ella no era la mujer más hermosa del mundo, pero para Alex, era perfecta. Se habían conocido en la universidad, donde Emily estudiaba psicología y Alex, aunque no era un estudiante destacado, siempre la ayudaba con sus trabajos. Ella lo había apoyado durante los momentos más difíciles, o eso creía él.
Pero ese día, mientras caminaba por un parque en un barrio que no conocía, vio algo que le rompió el corazón. Un hombre gordo, de unos 36 años, vestido con un traje caro, abrazaba a una mujer. Alex reconoció esa risa, esa voz. Era Emily. Salían de un Mercedes-Benz negro, seguidos por un SUV negro del que bajaron dos guardaespaldas.
Alex se quedó paralizado, pero luego, con el corazón latiendo con fuerza, se acercó. —¡Emi! —gritó, su voz temblando—. ¿Por qué? ¿Por qué me hiciste esto?
Emily se dio la vuelta, y por un momento, Alex vio sorpresa en sus ojos. Pero luego, esa sorpresa se convirtió en desdén. —Alex, no estás a mi altura —dijo con frialdad—. Voy a ser la esposa de un hombre rico, no de un tipo como tú. Eres un huérfano, no tienes nada. Y, por cierto, qué bien que murió esa bruja. Nunca me cayó bien.
Alex sintió como si le hubieran apuñalado el corazón. —¿Cómo puedes decir eso? —balbuceó, con lágrimas en los ojos—. Ella era todo para mí...
El hombre gordo miró a Alex con desprecio. —¿Quién es este pobre diablo? —preguntó, arrugando la nariz.
Emily se rió, acariciando el brazo del hombre. —No es nadie, cariño. Tú eres mi todo.
El hombre gordo hizo un gesto a sus guardaespaldas. —Aparten a este gusano de aquí. Ensucia mi traje.
Los guardaespaldas no dudaron. Se abalanzaron sobre Alex, que, debido a su condición cardíaca y su constitución débil, no pudo defenderse. Los golpes cayeron sobre él como una lluvia de puños y patadas, hasta que quedó tendido en el suelo, sangrando y con la visión borrosa.
Mientras yacía en el suelo, Alex escuchó la risa de Emily y el ruido del Mercedes alejándose. El viento sopló sobre su cuerpo maltrecho, y en ese momento, recordó las últimas palabras de su abuela: "Tú eres como un río... tranquilo ahora, pero ya verás. Cuando encuentres tu rumbo, te convertirás en un mar que nadie podrá contener."
Alex sonrió débilmente, con una mezcla de dolor y ironía. —Abuela, creo que te confundiste conmigo —murmuró, antes de que la oscuridad lo envolvió por completo.
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