RAMHOR: IMPERIO EGIPCIO

Capitulo 2: El Nacimiento del Elegido



Alex Carter flotaba en una oscuridad absoluta, sin cuerpo, sin tiempo, sin nada más que su conciencia. ¿Dónde estoy?, se preguntó una y otra vez, pero no había respuesta. No sentía hambre, ni frío, ni cansancio. Solo existía. No sabía cuánto tiempo había pasado allí. Podrían haber sido días, años, siglos. El tiempo no tenía sentido en aquel vacío infinito. De repente, en la distancia, apareció una luz. Era pequeña al principio, como una estrella titilante, pero poco a poco se hizo más grande, más brillante. Alex pensó en las historias que había escuchado sobre el túnel de luz que aparece al morir. ¿Será eso?, se rió para sí mismo, aunque no sabía cómo ni por qué podía reírse sin cuerpo. La luz lo atrajo, como si lo llamara, y sin pensarlo dos veces, se dejó llevar hacia ella.

A medida que se acercaba, la luz se volvió tan intensa que todo se volvió blanco. Luego, de la nada, escuchó un llanto. No era un llanto de dolor, sino de vida. ¿Qué es eso?, se preguntó, confundido. Su visión comenzó a aclararse gradualmente, y lo que vio lo dejó sin palabras. Estaba en una habitación lujosa, con paredes de piedra amarillenta cubiertas de jeroglíficos que parecían contar historias de dioses y faraones. El aire olía a incienso y flores de loto. ¿Dónde estoy?, pensó, pero antes de que pudiera procesarlo, escuchó voces.

 

Heliópolis, año 3150 a.C.

En la ciudad sagrada de Heliópolis, el corazón religioso del Antiguo Egipto, el sol de Ra brillaba con una intensidad que parecía bendecir cada rincón de la ciudad. Las calles estaban llenas de vida: mercaderes vendían sus productos, sacerdotes caminaban con solemnidad hacia el gran templo de Ra, y los ciudadanos se inclinaban ante las estatuas de los dioses. La arquitectura era imponente: grandes columnas de piedra tallada, obeliscos que se alzaban hacia el cielo, y casas de adobe con techos planos donde las familias se reunían a compartir pan y cerveza. Heliópolis no era solo una ciudad; era un símbolo de la conexión entre los mortales y los dioses.

En el Per-aa, el palacio del gobernante, una mujer yacía en una habitación adornada con telas finas y joyas relucientes. Era Neithhotep, la primera esposa del gobernante, una mujer de belleza incomparable. Su piel era del color de la arena dorada del desierto, sus ojos grandes y oscuros como la noche, y su cabello negro como el ébano, trenzado con hilos de oro. Estaba dando a luz, rodeada de parteras y asistentes, mujeres expertas en el arte de traer vida al mundo. Las parteras, conocidas como "las manos de Hathor", murmuraban oraciones a la diosa de la maternidad mientras ayudaban a Neithhotep. Una de ellas, la más anciana, sostenía un amuleto de Taweret, la diosa protectora de las mujeres embarazadas, y lo colocaba cerca de la madre para asegurar un parto seguro.

A un lado de la habitación, el sumo sacerdote de Ra, un hombre alto y delgado llamado Amenhotep, observaba con solemnidad. Vestía una túnica blanca con bordados dorados y un collar ancho adornado con piedras preciosas. A su lado estaba el gobernante de Heliópolis, Nebhotep, un hombre imponente de unos 35 años. Su rostro era severo, con una barba cuidadosamente recortada y ojos penetrantes que reflejaban sabiduría y autoridad. Llevaba una corona azul adornada con joyas y un pectoral de oro que brillaba con cada movimiento. Aunque era un líder respetado, en ese momento se notaba visiblemente nervioso. Apretaba y soltaba los puños, mirando fijamente a su esposa.

—Nebhotep, su hijo está a punto de nacer —dijo Amenhotep con calma—. No se ponga nervioso. Los dioses están con nosotros.

—No lo haré, no lo haré —murmuró Nebhotep, aunque sus manos temblaban ligeramente—. Pero no puedo evitar recordar a mi hermano menor. Él y mi madre murieron durante el parto. No quiero perder a Neithhotep.

Amenhotep asintió con comprensión. —Este es un momento sagrado, Nebhotep. Confíe en los dioses.

Nebhotep ya tenía una hija, Merit, de un año, nacida de su concubina Tia. Aunque amaba a Merit, este era su primer hijo con Neithhotep, su esposa principal y el amor de su vida. El parto había sido difícil, más que el de Merit, y eso lo tenía al borde del colapso.

De repente, una de las parteras gritó: —¡Nació! ¡Es un varón!

Nebhotep sintió una oleada de alivio y alegría, pero antes de que pudiera correr hacia su esposa, el suelo comenzó a temblar. Un terremoto sacudió el palacio, haciendo que las lámparas de aceite se balancearan y las joyas tintinearan. Nebhotep se acercó a la ventana y miró hacia la ciudad. Desde lo alto de la colina donde se alzaba el Per-aa, podía ver a los ciudadanos arrodillados, rezando mientras el cielo se iluminaba con una luz dorada. Era como si el sol de Ra hubiera descendido para bendecir la tierra. Del cielo emanaba una música melodiosa, como si la naturaleza misma estuviera cantando.

Amenhotep, arrodillado, levantó las manos hacia el cielo. —¡Nebhotep! —exclamó—. Este niño está recibiendo la bendición de los dioses. Mira el cielo, parece que los dioses están celebrando su nacimiento. Este niño está destinado a construir una era más grande de lo que jamás hayamos visto.

Nebhotep sonrió, lleno de orgullo y gratitud. —Lo llamaremos Ramhor, la grandeza de Ra —dijo, arrodillándose también—. Oh, gran Ra, yo, un simple mortal, alabaré tu grandeza, y lo mismo hará mi hijo.

Cuando el terremoto cesó y el cielo volvió a la normalidad, Nebhotep corrió hacia la habitación de Neithhotep. Allí, en sus brazos, yacía un bebé radiante. Tenía los ojos grandes y oscuros como los de su madre, y la nariz fuerte y definida como la de su padre. Su piel era suave y brillante, como si estuviera bañada en luz.

—Oh, Neithhotep —dijo Nebhotep, tomando la mano de su esposa—. Estás bien. Mira, nuestro hijo es bendecido por los dioses. Lo llamaremos Ramhor, en honor a este evento divino.

Neithhotep sonrió débilmente, agotada pero feliz. —Ramhor —susurró—. Un nombre digno de un hijo de los dioses.

Afuera del Per-aa, la multitud estaba extasiada. Sabían que el hijo del gobernante había nacido, pero nunca imaginaron presenciar un espectáculo tan divino. Los rumores se extendieron rápidamente: "El niño bendecido por los dioses ha nacido. Él nos llevará a un nuevo futuro." La gente comenzó a llamarlo "el elegido", y la ciudad entera se llenó de esperanza.

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